Por: Ciro Roberto Esper
La historia suele avanzar por convicción, pero a veces lo hace por reacción. Y es posible que una parte de la política energética que hoy impulsa al presidente de los Estados Unidos, Donald Trump —marcada por la confrontación, el proteccionismo y la lógica de la fuerza— termine produciendo un resultado que no estaba en el guion: acelerar, como nunca antes, el fin de la era del petróleo.
No se trata de una paradoja ideológica, sino de una consecuencia práctica. Cuando el petróleo deja de ser solo un recurso y se convierte en un arma geopolítica, las energías renovables pasan de ser una opción ambiental a una necesidad estratégica.
En un mundo donde los pactos se debilitan y las alianzas parecen volátiles, ningún país puede permitirse que su economía dependa de un insumo que puede encarecerse, restringirse o bloquearse por una decisión unilateral. La seguridad energética ya no es un concepto abstracto: es defensa nacional.
No es casual que antiguos altos mandos militares europeos hayan pedido incorporar la transición energética a los presupuestos de defensa. La soberanía hoy no se mide solo en tanques o misiles, sino en la capacidad de producir energía propia. En ese tablero, los países altamente dependientes de combustibles importados —Europa, buena parte de Asia, África o incluso España— aparecen como territorios vulnerables.
Frente a ese riesgo, las renovables ofrecen algo inédito en la historia energética: fuentes locales, inagotables y difíciles de monopolizar. El sol y el viento no se embargan.
Durante años, la transición energética fue presentada como un sacrificio necesario. Hoy, cada vez más, es una decisión racional desde el punto de vista económico. La evidencia se acumula.
Es importante tener en cuenta que el Reino Unido aprobó un ambicioso plan para aislar viviendas, sustituir calderas de gas por aerotermia e instalar masivamente eólica marina. No por altruismo climático, sino porque la electricidad renovable garantizada resulta hasta un 40 % más barata que el gas importado.
India, por su parte, ha adjudicado energía solar con baterías a precios inferiores a los del carbón, hasta hace poco el estándar de lo “barato”. Canadá empieza a abrir su mercado a vehículos eléctricos chinos por pura competitividad. Etiopía ha ido más lejos y ha prohibido la importación de coches de combustión, impulsando una movilidad basada en su propia electricidad renovable.
El patrón se repite: menos importaciones, más estabilidad y facturas más bajas. La transición ya no es solo una promesa de futuro, es una ventaja inmediata.
A diferencia del petróleo, cuya extracción se encarece a medida que se agota, la tecnología sigue una lógica opuesta: cada vez que se duplica la producción, los costos caen. Paneles solares, baterías, bombas de calor o vehículos eléctricos mejoran y se abaratan a un ritmo exponencial.
China entendió esta dinámica antes que nadie. Apostó por electrificar su economía y hoy recoge los frutos: menos dependencia energética, liderazgo industrial y ahorro de cientos de miles de barriles de petróleo al día. Transformó una debilidad histórica en una ventaja estratégica.
Mientras tanto, sectores tradicionales que no supieron adaptarse piden aranceles y protecciones. Es una señal conocida en la historia económica: cuando una industria necesita ser defendida por decreto, suele estar más cerca de su final que de su renacimiento.
La imagen de las petroleras alineadas con el poder político puede parecer imponente. Pero también puede leerse como el último reflejo de un modelo que necesita fuerza para sostenerse. Prohibir, frenar o castigar a las renovables no detiene la transición; la acelera, porque empuja a países y empresas a buscar alternativas más seguras, más baratas y más estables.
Quizás ese sea el mayor efecto boomerang: al imponer la ley del más fuerte, se refuerza la urgencia de un sistema energético que no dependa de la fuerza.
El futuro no será perfecto ni inmediato, pero parece cada vez más claro hacia dónde se dirige. Y no es por idealismo, sino por pura lógica. Porque el mundo puede discutir sobre política, pero no negocia con la matemática de los costos ni con la física de la energía.
El siglo XXI, guste o no, es eléctrico.