El presidente venezolano depuesto, Nicolás Maduro, comparece este jueves ante una audiencia judicial en Nueva York, en un contexto marcado por su progresiva pérdida de protagonismo en la escena política venezolana. Mientras avanza su proceso ante la justicia estadounidense, el poder en Venezuela se reconfigura bajo la conducción de la presidenta encargada, Delcy Rodríguez.
Maduro, junto a su esposa Cilia Flores, acude por segunda vez ante tribunales de Estados Unidos desde su captura el pasado 3 de enero, en el marco de una operación militar ordenada por el presidente estadounidense Donald Trump. Dos días después de este hecho, Rodríguez asumió el control del Ejecutivo de forma interina, consolidando en la práctica una gestión activa con reformas ministeriales y el impulso de iniciativas clave, como cambios en la legislación de hidrocarburos.
A medida que se desarrolla este nuevo escenario, la figura de Maduro ha ido desapareciendo del discurso oficial y de la agenda pública. Según el politólogo Guillermo Aveledo, la narrativa que anteriormente lo presentaba como un líder heroico ha perdido fuerza, en parte debido a su creciente impopularidad. Aunque inicialmente el oficialismo promovió movilizaciones en su respaldo tras su captura, estas manifestaciones han disminuido frente a nuevas prioridades gubernamentales.
En efecto, la administración de Rodríguez ha enfocado sus esfuerzos en fortalecer las relaciones con Estados Unidos, marcando un giro significativo en la política exterior venezolana. Este acercamiento incluye acuerdos energéticos con empresas extranjeras y gestiones diplomáticas que han derivado en medidas como la flexibilización de sanciones por parte de Washington y la reapertura de la embajada venezolana en ese país.
Para analistas, este cambio refleja un “discurso dual”: mientras se mantienen referencias simbólicas a Maduro y su esposa en algunos espacios públicos, la práctica política evidencia una menor centralidad de su figura. Incluso, la exigencia por su liberación ha pasado a un segundo plano frente a temas como la recuperación económica y la estabilización institucional.
El país también atraviesa un nuevo momento político, caracterizado por la implementación de un proceso de amnistía que, según el Parlamento, ha otorgado más de 8.000 libertades plenas. Paralelamente, aumentan las protestas sociales relacionadas con demandas salariales y fallas en los servicios públicos, lo que ha reconfigurado las prioridades de la agenda nacional.
En el plano judicial, Maduro y Flores enfrentan cargos por narcotráfico y posesión de armas. Ambos han argumentado no contar con recursos para costear su defensa privada, alegando además restricciones para utilizar fondos del Estado venezolano, dado que no se le reconoce como jefe de Estado.
Mientras tanto, Rodríguez ha calificado a Trump como “socio” y “amigo”, agradeciendo el reconocimiento a su gobierno encargado, una postura que, según expertos, debilita aún más la posición política de Maduro. La mandataria también anunció el envío de una delegación diplomática a Estados Unidos, reforzando el nuevo enfoque en las relaciones bilaterales.
En este escenario, la continuidad de Maduro como figura central del chavismo es cada vez más incierta. Como concluye Aveledo, aunque no puede afirmarse que sea completamente prescindible, los hechos indican que su influencia ha disminuido considerablemente, marcando un giro significativo en la dinámica de poder en Venezuela.