Por: Pepe Sánchez
Por la determinación que mostraba para defender sus intereses políticos y por su impresionante fortaleza física, Otto Eduard Leopold von Bismarck-Schönhausen, más conocido como Otto von Bismarck, fue apodado El Canciller de Hierro.
Nació el 1 de abril de 1815 y falleció el 30 de julio de 1898, después de abandonar el poder en 1890, al ver que su idea de crear el imperio más poderoso del mundo, no era posible debido a los debilidades de sus contemporáneos.
Su lucha al parecer había dado resultados, tras la unificación alemana, conformada tras la derrota infligida a los franceses en 1870.
El 4 de septiembre, tras la batalla de Sedán en 1870, derrotó a Francia en la llamada Guerra Franco-Prusiana, acabando para siempre con el Segundo Imperio, capturando y enviando al exilio al emperador Napoleón III y de paso, arrebatándole las provincias de Alsacia y Lorena, llegando hasta Versalles donde fue coronado el Káiser Guillermo I dando inicio del Nuevo Imperio Alemán.
Una vez consolidado el Imperio, Bismarck asumió el cargo de canciller, que mantuvo hasta 1890, ocho años antes de su muerte. En solo seis años,el llamado Canciller de Hierro había conseguido tres victorias decisivas que, aparte de aportarle un gran prestigio, fueron básicas para la constitución del Reich.
En 1864, Prusia bajo el mando de Bismarck, había derrotado a Dinamarca, que pretendía incorporar a su reino los ducados de Schleswig y Holstein, pero esto no fue más que el principio. Muy pronto, tuvo que emprender la guerra contra sus aliados de Austria, que pretendían dominio sobre el ducado de Holstein a los que derrotó en la batalla de Sadowa, el 3 de julio de 1856.
En 1870, se daría la confrontación con Francia, a la que derrotó de manera definitiva en Sedán, apresando al emperador Napoleón III a quien desterró a Inglaterra y apoderándose de las provincias de Alsacia y Lorena, que fueron el objetivo de la guerra y con las que logró la configuración del Imperio Alemán.
La mano de hierro del canciller empezó a notarse de manera inmediata, pues gracias a la Constitución del Imperio, era el gobernante absoluto, manejando a su antojo al emperador Guillermo I a quien él hizo que preservara el cargo. En el plano internacional, mediante una política intimidatoria pero al mismo tiempo indulgente, logró el respeto para su Imperio y el apoyo de gran parte del Continente.
Dejó bien claro a nivel europeo, que el Reich ya estaba constituido y consolidado y que ninguna nación de Europa podía temer una agresión de su parte. En cambio, en su política interior, se mostró duro y muchas veces intransigente. Ese estado fundado en 1871, fue una especie de monarquía constitucional, pero el Parlamento no tenía una gran influencia en las decisiones de Estado.
Los movimientos políticos -en especial el Socialismo- fueron declarados «enemigos del Reich» y más tarde declarados, fuera de la ley. La lucha no era muy fácil, desde luego. Los movimientos de obreros habían alcanzado una enorme popularidad y trascendencia y por ello, Bismarck decidió enfrentarlos y vencerlos en su propio plano y con sus mismos argumentos.
Para ello creo la denominada Krankenversicherungsgegesetz, Ley del Seguro Social, que es la primera legislación de este tipo que se conoce en el mundo, y que después le serviría como base al médico Rudolf Virchow, para crear el casi perfecto Sistema de Salud que hoy en día maneja Alemania.
Con estas reformas, Bismarck «pretendía mermar el apoyo a los socialdemócratas, así como asegurar la lealtad de las crecientes clases trabajadoras hacia el nuevo Estado alemán”, dice el historiador Arnd Bauerkämper, historiador de la Universidad Libre de Berlín.
La más dura derrota sufrida por el Canciller de Hierro y que motivó su retiro fueron las elecciones de 1890. En ellas, el Centro, los Socialdemócratas y los Progresistas, partidos a los que él había proscrito del Imperio ganaron más de la mitad de las curules en el nuevo Parlamento.
Amargado y triste y habiendo perdido el apoyo del Emperador Guillermo II, Otto von Bismarck, el forjador de la nueva Alemania, una de las naciones más poderosas de Europa, se retiró a su palacio de Friedrichsruh, en el Bosque de Sajonia, donde permaneció hasta su muerte el 30 de julio de 1898.
No quiso aceptar el escaño para el que fue elegido en el nuevo Parlamento y hasta el final criticó la «endeblez de sus sucesores» que habían permitido que el nuevo emperador, «inmaduro y débil», dirigiera al Reich en los momentos de más tensión en Europa.
-Europa hoy es un barril de pólvora y sus líderes son como hombres fumando en un arsenal. Una simple chispa desatará una explosión que nos consumirá a todos. No puedo decirles cuándo tendrá lugar la explosión, pero sí puedo decirles dónde: alguna maldita estupidez en los Balcanes la desatará- había dicho Bismarck en 1878.
Y tuvo razón. La «Estupidez Balcánica» llegó en 1914, desatando la Primera Guerra Mundial en la que Alemania fue la gran derrotada…