Por: Pepe Sánchez
Félix Hoffmann, químico alemán nacido en Ludwigsburg el 21 de enero de 1868 y fallecido el 8 de febrero de 1946, es conocido por haber logrado sintetizar dos fármacos de consecuencias bien opuestas: la aspirina, el 10 de agosto de 1897, y meses más tarde la heroína, aunque esta última -sobre la que trataremos en otra entrega- fue desarrollada principalmente por Heinrich Dreser, también en Bayer.
Ambas drogas nacen de los esfuerzos de los químicos de la época por crear sustancias que pudieran utilizarse como medicamentos, ya sea extrayendo los elementos activos de ciertos productos naturales o imitando sus efectos mediante síntesis química.
Hoffmann, después de terminar la escuela, decidió que quería ser farmacéutico, pero se entusiasmó tanto con esta actividad que optó por estudiar Química, disciplina en la que pronto se destacó.
En 1891 obtuvo el título con grandes honores en la Universidad de Múnich, y poco después consiguió el doctorado gracias a sus trabajos sobre el antraceno, un hidrocarburo aromático que se utiliza en la preparación de tintes y en la síntesis de colorantes.
Gracias a la recomendación de Adolf von Baeyer —quien más tarde recibiría el Premio Nobel de Química— Hoffmann ingresó a Bayer en 1894. De manera inmediata inició sus investigaciones sobre el antraceno y otros compuestos, y en 1897 logró crear ácido acetilsalicílico (AAS), que no se encuentra de manera directa en la naturaleza, pero que se deriva de compuestos como la salicina, presente en muchos vegetales como el sauce, por ejemplo.
Más tarde se comprobaría la importancia de este descubrimiento. El ácido acetilsalicílico —conocido hoy como aspirina— es muy efectivo como analgésico, básico en el tratamiento contra la fiebre y con un poderoso efecto antiinflamatorio. Pero además de todo ello, se usa para prevenir ataques cardíacos, accidentes cerebrovasculares y coágulos sanguíneos.
Trabajando sobre el ácido salicílico, un compuesto presente en las plantas que les ayuda a combatir diversas enfermedades pero que en el cuerpo humano resulta agresivo, el científico trató de reducir esta condición tratándolo con acetilo —un derivado del ácido acético— y creó por casualidad este medicamento que es a la vez antipirético, antiinflamatorio y analgésico, considerado enseguida como una maravilla en el mundo de la farmacia.
De manera inmediata, Bayer desarrolló un proceso de producción rentable para la compañía, y así nació Aspirin, que logró que el nombre de este laboratorio se hiciera famoso en todo el mundo.
La fórmula química del ácido acetilsalicílico condensada es C₉H₈O₄, y su estructura expandida muestra un anillo bencénico —seis átomos de carbono con enlaces dobles alternados—, el grupo acetilo (CH₃CO) unido al benceno y el grupo funcional del ácido acético (COOH), lo que le da sus propiedades farmacológicas.
A pesar de la magnitud de su aporte a la medicina, Félix Hoffmann nunca alcanzó fama pública ni acumuló una gran fortuna personal. Se retiró de Bayer en 1928, cuando la aspirina ya era un éxito mundial, y vivió discretamente en Suiza, lejos del ojo público. No se casó ni tuvo hijos, y su nombre permaneció en relativo anonimato durante décadas, incluso mientras su descubrimiento transformaba la vida de millones.
Félix Hoffmann falleció el 8 de febrero de 1946, a los 78 años, dejando tras de sí un legado científico que aún perdura. Su trabajo marcó un antes y un después en la historia de la farmacología, y aunque su rostro no aparece en los libros de texto con la frecuencia que merece, su contribución sigue siendo una de las más influyentes en el desarrollo de la medicina moderna