Por: Pepe Sánchez
El 17 de septiembre de 2020 se apagó la vida de Ricardo Ciciliano, soledeño de nacimiento y futbolista de múltiples camisetas, que dejó huella en la historia del balompié colombiano. Tenía apenas 47 años cuando la neumonía lo venció en la Clínica La Asunción de Barranquilla, ciudad que tantas veces lo vio desplegar su talento.
Su nombre comenzó a brillar en los torneos juveniles: luego de muchos partidos destacados con la selección Atlántico y la selección Colombia sub-15, llamó la atención de varios equipos. Con apenas dieciséis años decidió dar el salto profesional y debutó con el Deportivo Pereira en 1993. Desde entonces, su carrera se extendió hasta 2012, cuando colgó los guayos en el Atlético Huila.
En ese largo recorrido vistió los colores de Millonarios, Once Caldas, Deportivo Cali, Junior, Bucaramanga, Pasto, Quindío, Tolima y hasta del Juan Aurich de Perú, con el que celebró un título en 2011. En Colombia levantó dos trofeos de liga: con el Tolima en 2003 y con el Cali en 2005. Su potente remate fue su sello, y con él marcó goles que aún resuenan en la memoria de las hinchadas.
Más allá de la cancha, Ciciliano quiso sembrar futuro: fundó una escuela de fútbol para rescatar a niños de la droga, un proyecto truncado por la pandemia pero que revelaba su vocación de guía y maestro. Su nombre se dio a conocer muy joven, cuando integró la Selección Colombia campeona del Suramericano Sub-17 de 1993, bajo la dirección de Germán “Basílico” González.
Un detalle curioso de su historia es su nacionalidad italiana por ascendencia. Su bisabuelo llegó desde Italia y se asentó entre Magangué y Santa Marta.
Aunque un empresario le sugirió tramitarla en 1992, cuando jugaba con la sub-15, Ciciliano solo solicitó esa nacionalidad meses después de haberse retirado, como si el destino le hubiera recordado que sus raíces también estaban en Europa.
Ricardo Ciciliano fue un disparo al arco de la vida: fuerte, certero, inolvidable. Hoy, cuando su ausencia duele y su recuerdo se difumina entre las páginas del tiempo, queda la certeza de que cada niño que sueña con un balón lleva en su remate la chispa de aquel soledeño que hizo del fútbol su razón y de la esperanza su escuela. Que su memoria siga rodando, como pelota que nunca se detiene.