En el Discurso del Método, el filósofo René Descartes en principio se ocupa de la ciencia de su tiempo. si bien incluye en la obra algunos elementos autobiográficos como la decepción que le causó el estudio en el colegio de los jesuitas de La Flèche, con excepción de las Matemáticas: -Los jesuitas no me han enseñado nada….Voy a buscar la verdad en el Libro de la Naturaleza- dijo en alguna oportunidad. Y es que para él, ninguna de las materias que se estudiaban en ese entonces, se dirigía en busca de la verdad.. O eran solo un agradable y placentero pasatiempo como la Literatura y la Filosofía cuyas diferentes doctrinas sólo se contradecían, demostrando que ninguna de ellas había llegado al objetivo deseado.
La única excepción la constituían las Matemáticas, pese a que no eran aplicadas en la investigación sobre lo real.
Esta circunstancia, lo condujo a formular un proyecto que tratara de evitar las especulaciones sin base sólida y los razonamientos carentes de adecuada fundamentación. Para ello, era preciso que la razón siguiera el tránsito del rigor, siguiendo el ejemplo de las matemáticas para análisis metodológicos.
Este es el resumen de lo que fue la primera parte de su Discurso del Método: parte de una autobiografía y revisión de la enseñanza en ese tiempo.
En la segunda parte, Descartes propone para las ciencias un fundamento firme, una base racional indiscutible, desde la perspectiva de la duda, pero de la duda escéptica. Él duda solo para insistir en la investigación buscando la certidumbre. Duda de todo.
La llamada Duda Metódica, que de manera inobjetable deberá conducir al encuentro de un sendero simple y claro, sin restricciones.
En la tercera parte del Discurso del Método, Descartes se da cuenta de que mientras busca la verdad absoluta, no puede quedarse sin reglas para vivir. Así que inventa lo que llama una “moral provisional”: unas normas temporales para guiar su vida mientras sigue investigando.
Estas normas son básicamente cuatro que consisten respetar las leyes y costumbres del sitio en que se vive, aunque no sean perfectas, mantenerse fiel a las opiniones que se crean verdaderas hasta que se demuestre lo contrario, evitando así la duda pertinaz, aceptar la realidad tal como es, adaptándose a lo que no se puede cambiar en vez de pretender que el mundo se acomode a nosotros.y la última, dedicar la vida a cultivar la razón y el conocimiento, avanzando lo más posible en la búsqueda de la verdad con el método que él propone.
En otras palabras: Descartes dice que, mientras uno busca respuestas definitivas, necesita reglas prácticas para no perderse en la incertidumbre. Es como poner un “manual de uso temporal” para la vida, hasta que se descubra la verdad con más claridad.
En esta última sección, la cuarta parte, Descartes llega al corazón de su búsqueda: encontrar una certeza absoluta. Para lograrlo, lleva la duda hasta sus límites. Se pregunta si los sentidos son confiables —como cuando una vara parece doblarse al sumergirse en el agua—, si acaso podemos distinguir con seguridad la vigilia del sueño, o incluso si un “genio maligno” podría engañarnos en todo lo que creemos saber.
Pero en medio de tanta incertidumbre descubre una roca firme: podemos dudar de todo, menos de lo que estamos dudando. Y si dudamos, es porque pensamos; y si pensamos, existimos. De ahí surge su célebre afirmación: “Pienso, luego existo”.
El hombre, al menos, existe como ser pensante (res cogitans). Esa evidencia clara y distinta se convierte en el punto de partida para levantar el edificio del conocimiento humano.
Así, Descartes transforma la duda en certeza: la conciencia de nuestro propio pensamiento es la primera verdad indiscutible, el cimiento sobre el que se puede construir todo lo demás.