El 25 de abril de 1911, Emilio Salgari, exitoso, con la fama a cuestas, el escritor más leído de su tiempo, el favorito de de la realeza europea que le había otorgado el título de Caballero, con muchos miles de libros vendidos, con millones de seguidores en el mundo, el creador de Sandokán, el Tigre de la Malasia, de Los Misterios de la Jungla Negra, de El Corsario y de Australia el Continente Misterioso, se suicidó abrumado por la ruina, producto de un escaso salario, que no le alcanzaba para sufragar sus gastos.
Salgari había nacido en Verona, Italia, el 21 de agosto de 1862 y si bien hizo algunos viajes por mar, esa condición de navegante excelso, de conocedor de todos los océanos y recovecos del mundo, sólo era producto de la publicidad que le hacían sus editores, para poder vender más libros.
-Sus editores históricos fueron los hermanos Speirani, de Turín; Dontah, de Génova; Bemporad, de Florencia; Treves, de Milán. Y Saturnino Calleja (1855-1915) en España. Sólo fueron generosos con él sólo en imposturas. Decían que “durante siete años surcó casi todos los océanos” y que “del Ecuador a los mares polares, todo lo ha visto”. En realidad, sus travesías se limitaron a unos pocos trayectos en un buque escuela y a un brevísimo período en un mercante que recorría la costa adriática y el Mediterráneo”- señala el diario español La Vanguardia en su edición de 27 de diciembre de 2019.
Aunque muy popular, conocido por todos y a pesar de que de algunas de sus novelas se vendieron más de 100.000 ejemplares, su situación económica jamás fue buena. Nunca ganó mucho dinero y de esto, él culpó siempre a sus editores.
La casa Donath, con la que tuvo el primer contrato de edición, le obligaba a entregar tres novelas al año, por las que solo le pagaba 4000 liras.
-Apenas para sufragar sus gastos domésticos- señala el diario La Vanguardia
En 1907 terminó su contrato con Donath y pasó a hacer parte del grupo Bemporad, para el que escribiría 19 novelas en 4 años, hasta su muerte en 1911, con resultados similares a los primeros: Muy poco dinero recibido.
Para colmo, su esposa, Su esposa, Ida Peruzzi,-había sido internada en el manicomio por una «forma de manía furiosa» y no tuvo suficiente dinero para llevarla a una clínica privada– señala la publicación y esto, desde luego, empeoró aún más la pobre condición del escritor.
El 25 de abril de 1911, Salgari toma la decisión de suicidarse, lo que hizo al estilo japonés denominado Hara Kiri, abriéndose el vientre con un cuchillo, que hizo subir hasta su garganta.
Muy dolorosas y tristes resultaron sus cartas de despedida para sus hijos y para los directores de periódicos:
–Fátima, Nadir, Omar y Romero: «Queridos hijos míos, ya ahora estoy vencido. La locura de su madre me ha destrozado el corazón y todas las energías. Espero que mis millones de admiradores, a quienes durante tantos años he divertido e instruido, los ayudarán. No les dejo más que 150 liras, más un crédito de 600 liras… Háganme sepultar por la caridad dado que estoy completamente arruinado. Los besa a todos con el corazón sangrante su desgraciado padre, Emilio Salgari». Sigue una post data: «Voy a morir al Valle de S.Martino, cerca del lugar donde, cuando vivíamos en la calle Guastalla, íbamos a merendar. El cadáver se encontrará en uno de los barrancos que conocen, porque íbamos allí a recoger flores».
A los directores de periódicos: –Vencido por todo tipo de desgracias, reducido a miseria a pesar del enorme trabajo, con mi mujer loca en el hospital, a la que no puedo pagar sus gastos, me quito la vida. Tengo muchos admiradores en Europa y América. Les pido señores directores, que abran una suscripción para sacar de la miseria a mis cuatro hijos y pagar los gastos de mi mujer mientras esté en el hospital. Debería haber tenido otra situación y suerte, debido a mi nombre. Estoy seguro que ustedes, señores directores, ayudarán a mis desgraciados hijos y a mi mujer. Con las gracias más sentidas, me despido.
Dura, muy dura resultó la misiva de despedida dejada a sus editores, a quienes culpó de manera directa por su terrible situación económica, señalando que lo habían explotado y que se habían «enriquecido con mi piel».
–A vosotros, que os habéis enriquecido con mi piel, manteniéndome a mí y a mi familia en una continua semimiseria o aún peor, sólo os pido que, en compensación por las ganancias que os he proporcionado, os ocupéis de los gastos de mis funerales. Os saludo rompiendo la pluma. A vosotros, que os habéis enriquecido con mi piel […] sólo os pido que en compensación por las ganancias que os he proporcionado, os ocupéis de los gastos de mis funerales…
Nunca se supo si los editores respondieron esta terrible acusación…