El folleto de Hill, titulado “Post Office Reform“, dio por resultado la designación de un comité de la Cámara de los Comunes (22 de noviembre de 1837) encargado de estudiar los tipos y sistemas del franqueo postal. 

Hill fue el que desarrollo las formas de organizarse y enviar de forma práctica las misivas.

“Los hombres que detectan imperfecciones y defectos están entre quienes no se han vuelto insensibles a ellos, debido a una extensa familiaridad.

Pero Hill pronto recibiría una lección sobre la naturaleza humana.

Las personas cuyas carreras dependen de un sistema, no importa cuán ineficiente sea, no recibirán bien a un extraño que aparece con un diagnóstico meticulosamente argumentado de sus fallas, aunque sean propuestas de mejoras.

“Absolutamente falaz… de lo más absurdo”, se enfureció el secretario de la Oficina de Correos, el coronel Maberly. “Salvaje… extraordinario”, coincidió el conde de Lichfield, el director general de Correos. Ignorado por el canciller, Hill cambió de táctica.

Él no era la única persona frustrada con el sistema y muchos de los que leyeron su manifiesto -y no eran empleados por la Oficina de Correos- estuvieron de acuerdo en que tenía mucho sentido.

La revista Spectator hizo campaña a favor de las reformas de Hill. Se firmaron peticiones. La Sociedad para la Difusión del Conocimiento Útil hizo lobby. Después de tres años, el gobierno cedió ante la presión pública y nombró a un mandamás de la Oficina de Correos: el propio Hill.

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